Cuando Katrina sacó a Nueva Orleans del mundo

En esos días de últimos de agosto y primeros de septiembre de 2005 en Nueva Orleans yo era un privilegiado.

Tenía un auto con gasolina y un teléfono celular con carga, agua y barras de cereal. Tenía maneras de comunicarme con el exterior y de salir de aquella ciudad inservible cuando quisiera o cuando mis responsabilidades de reportero lo ameritaran.

Pero estuve esos días inmeadiatos al azote del huracán Katrina en el desolado centro de la ciudad, buscando historias entre los anárquicos centros de refugiados del Superdomo y el Centro de Convenciones, entre la gente que deambulaba sin rumbo ni esperanzas ni asistencia.

La ciudad estaba como suspendida en el tiempo, ajena a la operación de emergencia que se ponía en marcha a las afueras.

Dentro, la sensación de abandono era absoluta, las autoridades no respondían ni protegían.

Estas son algunas imágenes de lo que vi aquellos días trágicos.

Con Brian Williams en Nueva Orleans

damnificados del huracán Katrina en el centro de Nueva Orleans, agosto 2005

Damnificados buscan salir de Nueva Orleans. 31 Agosto 2005. Foto: Carlos Chirinos

Yo estaba con Brian Williams en Nueva Orleans cuando pasó por la ciudad el huracán Katrina.

No es que estábamos juntos, sino que nos tocó cubrir al mismo tiempo aquel escenario apocalíptico en el que quedó convertida la cuna del jazz por obra de la naturaleza, la desidia y la improvisación.

En esos días de agosto y septiembre de 2005 fuí testigo, como él ver, de la desolación y el sufrimiento de miles de personas dejadas a su suerte durante días. Vi cosas que me impactaron para siempre y que siguen latentes en mi mente, que se reactivan con todo su dolor cada cierto tiempo. Cuestión del empecinamiento de la memoria. La memoria que Williams asegura que le ha fallado.

El primer día en la ciudad, apenas llegado de Baton Rouge, detuve mi auto en un punto de la autopista donde el asfalto desaparecía bajos las aguas de un lago recién creado por el huracán. Bajé a hablar con las personas que estaban siendo rescatadas de sus barrios anegados en helicópteros o lanchas y dejadas bajo los puentes de un distribuidos de vías donde el Ejército de Salvación les daba comida, equipos de paramédicos les prestaban primeros auxilios y los militares les hacían abordas autobuses de una interminable hilera que los sacaría de la ciudad rumbo a campos de refugio.

Al regresar, mi auto estaba abierto. Las botellas de agua y las cajas de barras de granola con las que contaba para mi sustento en los inciertos días por venir habían desaparecido. Las computadoras y los equipos de transmisión que llevaba en vistosos cajones ni siquiera habían sido tocados.

Mis editores se entusiasmaron sobre manera con mis penas y querían el relato de lo que me acababa de pasar. Pero no podía yo contar lo mal que me iba cuando decenas de miles de personas estaban atrapadas en los techos de sus casas, miles habían muerto o estaban desaparecidas y el millón de habitantes de la ciudad tenían su vida interrumpida hasta nuevo aviso.

Reconozco que aquel relato habría tenido gran éxito entre quienes siguen a periodistas estrellas que llenan con su ego el cuadro de la cámara. No me arrepiento de no haberla escrito, como no la escribiría tampoco hoy.

Esa experiencia compartida con Williams en tiempos de Katrina me indica que en esas situaciones no hace falta inventar para presentar un relato que capte la  atención de la audiencia. Canal Street en Nueva Orleans tras el paso de KatrinA

¿Por qué a un veterano del periodismo, alguien que vive de contrastar fuentes y verificar información cae en la tentación de alterar la verdad? ¿Acaso no sabe que otros que estuvieron allí podrán refutar su narración de los “hechos”?

Todos alteramos aquí y allá los cuentos para hacerlos más interesantes. De tanto echarlos ya sabe uno qué resortes dispara qué cosas en los que escuchan los relatos. Pero hay un límite y es la frontera con la verdad.

Está mal condenar a un colega de ante mano, sin las pruebas de la falla, pero en este caso las explicaciones de Williams sobre su error no parecen muy convincentes.

Implicaría haber sufrido un grado de trauma profesional muy grande no recordar si el helicóptero en el que viajaba uno en una zona de guerra en Irak fue el que resultó alcanzado por un cohete o si fue el que iba más adelante. Es muy difícil confundirse si uno lo vio o lo sintió.

Sobre todo que en ese incidente Williams no estaba solo. Decenas de militares acompañaban a su equipo.

Si Williams vio un cuerpo flotando en alguna parte de Nueva Orleans y luego la memoria lo traicionó y le hizo creer que fue en una de esas noches al final de un durísimo día de trabajo cuando se asomó a la ventana de su hotel en el Barrio Francés, no importa. Porque no importaba lo que sentía Williams. O mejor dicho, no tendría que ser relevante para el público.

Pero lo es. Porque el presentador que hoy todos acosan es la expresión máxima del periodista estrella, ese que la gente quiere ver porque quiere saber qué piensa sobre lo que pasa. La historia termina siendo un telón de fondo.

Una guerra en Africa, un desastre natural en Asia o una conmoción política en algún país latinoamericano llega a los ojos de esos espectadores únicamente porque alguien como Williams está allí presentándolo.

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El periodismo es cada vez más autoreferencial. Se gastan preciados y costosos minutos de transmisión al aire repitiendo hasta la saciedad el momento en el que un equipo de tal televisora fue acosado por un militar tercermundista con exceso de iniciativa.

Los periodistas se entrevistan entre sí para contar lo difícil que fue lograr tal o cual reportaje.  Cuando la verdad es que eso no debería importarle a la audiencia. Cuentos que están bien para reuniones gremiales o la cena anual del sindicato.

Así como el paciente no quiere saber qué tanto sufrió el doctor en las 8 horas que estuvo de pie en el quirófano, hambriento y sediento, removiendo el tumor a un familiar, al espectador no le interesa lo que padecen los periodistas para hacer su trabajo.

Pero en la era del periodista protagonista de grandes medios que buscan salvar su relevancia frente a nuevas y más ágiles plataforms esa es una tendencia que sospecho que crecerá.

Los peligros de generalizar

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Conozco gente para la que Islam y musulmán son sinónimos de intolerancia o, peor, de terrorismo religioso.

Una burka o un pañuelo en la cabeza de una persona les parece no sólo un adminículo incomodo, símbolo de atraso, sino toda una amenaza para la civilización occidental.

Todo el mundo tiene derecho a su opinión, incluso aquellos que no se basan en datos o argumentos concretos, sin importar lo desinformados que puedan estar.

Pero cuando opiniones de ese tono surgen de periodistas o “analistas” con espacios en TV y en otros medios de comunicación masiva nos topamos con un problema, en principio ético pero con profundas implicaciones prácticas.

Los recientes atentados mortales en Paris contra el semanario satírico Charlie Hebdo y un supermercado judío ha revuelto ese temor popular occidental hacia lo musulmán y al mismo tiempo demostrado cómo desde los medios se producen respuestas viscerales que no ayudan a aclarar el fenómeno de la radicalización en nombre de la fe musulmana.

El horror paraliza, dispara lo emotivo, aniquila el análisis.

Ignorancia compartida

Para los musulmanes, el peregrinaje a La Meca forma parte de uno de los aspectos fundamentales de su fe, los denominados pilares del islam.

La verdad es que muchos periodistas occidentales comparten la ignorancia de la masa y no son capaces de ir más allá de ese horror y la natural indignación.

En algunos casos diría que hay un elemento demagógico que los lleva amplificar los temores de ese colectivo al que destinan sus emisiones.

Así, se habla durante días de inexistentes “zonas vedadas” en Francia o Reino Unido donde los no musulmanes tendrían prohibida la entrada.

Se habla del grupo extremista autodenominado Estado Islámico o de Boko Haram de manera que resultan ser expresiones “lógicas” o “naturales” del islamismo.

Todos los musulmanes del mundo quedan cubiertos con la misma pintura que los muestra como intolerantes, violentos, bárbaros.

Al final, buena parte de la cobertura desde el mundo no musulmán deja claro que se trata de una guerra de civilizaciones, un nosotros contra ellos.

Claro que esos periodistas también gozan de ese derecho a la libre expresión cuya imprescindible defensa ratifica los eventos de París.

Pero difundir falsedades o medias verdades, además de antiético, implica una gran irresponsabilidad porque perpetúa la incomprensión del fenómeno de la violencia asociada a la religión e impide el acercamiento con el otro que también sufre una radicalización hecha a nombre de la fe en la que cree.

Pulso mediático

Cuando un estudioso del Islam tiene que pasar la mitad de una entrevista en una de las principales cadenas informativas de la televisión estadounidense en un pulso tratando de decir a quienes le entrevistan que en el mundo musulmán hay diferencias entre los países por su grado de desarrollo o el fundamentalismo con que interpretan su fe algo falla en el periodismo.

Una de las tantas entrevistas en la que Reza Aslam tuvo que luchar contra los estereotipos.

En el caso de Reza Aslam, un respetado experto en las religiones de la Universidad de California, sus frecuentes apariciones en televisión terminan siendo en más de una ocasión una experiencia defensiva, aun cuando él no sale en defensa de ningún extremismo ideológico o religioso.

Permanentemente Aslam pide a sus entrevistadores que se diferencien sociedades cerradas y autoritarias como Arabia Saudita, Pakistán o Irán, de países más modernos como Singapur o Bangladesh, los que considera que tienen indicadores sociales en ocasiones superiores al de naciones desarrolladas de Occidente.

No les convence el argumento de que el extremismo de algunos musulmanes causa más víctimas entre los mismos musulmanes, en parte porque sus acciones se desarrollan en países donde la fe es la mayoritaria.

Ni siquiera el caso del acceso de las mujeres al poder en Bangladesh pega entre algunos periodistas que no parecen estar por la labor de esparcir el conocimiento sino de ratificar fobias y lugares comunes a un público que en una buena porción ya padece de esas enfermedades intelectuales.

Los periodistas estamos para explicar, para reducir la incertidumbre, para iluminar y contrarrestar la ignorancia. Eso es informar, lo demás es demagogia o mala fe

Esta nota se publicó originalmente el Blog de los Editores de BBC Mundo el 27 enero 2015